El misterio de los comales nicaragüenses

Por Natalia Donner

Una de las cosas más apasionantes de la arqueología es que combina la rigurosidad y disciplina de las ciencias “duras” con narrativas más trascendentales acerca de nuestra especie y su relación con el “entorno”. Por ejemplo, he escrito la palabra “entorno” entre comillas, porque en realidad la historia de la especie humana nos enseña que sólo somos una parte—bastante ínfima y definitivamente no esencial—en el engranaje de la naturaleza; el homo sapiens sapiens no es el centro de algo que está “rodeado” por el resto. Así, la arqueología nos permite filosofar acerca del pasado por medio de datos concretos (materiales, los restos que nos dejaron y dejan sociedades presentes y pretéritas), los cuales nos relatan las distintas decisiones que tomamos. No se trata de una disciplina con capacidad de pronósticos, pero nos ofrece una visión simultáneamente micro y macroscópica para entender un pedazo de la historia que hemos transitado y seguimos caminando como especie.

Las preguntas que nos motivaron a estudiar el centro de Nicaragua derivan de narrativas ancladas en una forma más tradicional de entender nuestro registro arqueológico. En el siglo pasado, en lugar de mirar a los grupos humanos como parte de su entorno, se los concebia como separados del mismo. De esta manera, los materiales fabricados con el cuerpo humano (vasijas cerámicas, herramientas en piedra, escultura, pintura, entre otros) se clasificaban generalmente siguiendo criterios formales y estéticos. Por esta razón, cuando en el Pacífico nicaragüense se hallaban vasijas con motivos tradicionalmente relacionados con Mesoamérica, se pensaba automáticamente que se trataba de la llegada de grupos provenientes del norte hacia el 800 de nuestra era. Para el centro de Nicaragua, las interpretaciones eran similares: si se encontraban densidades más altas de cerámica con motivos mesoamericanos en algunos sitios, se los consideraba parte de la esfera de influencia de la Gran Nicoya, que sería la frontera sureste de Mesoamérica. 

mapa por Simone Casale

Por esta razón, cuando en 2016 excavamos los primeros restos de comales reportados para el centro de Nicaragua, la comunidad arqueológica estuvo tentada a interpretarlos como evidencia contundente de la llegada de grupos mexicanos. Sin embargo, el análisis multidisciplinar de estos utensilios de cocina reveló datos inesperados. Los habitantes del sitio Barillas (1255 – 1390 EC) efectivamente cocinaron algo parecido a tortillas, hechas de yuca y maíz. Aparentemente, la dieta también incluía el uso de chiles fermentados… quizás les gustaba condimentar con salsitas, tal y como se hace ahora en Nicaragua, en el resto de Centroamérica y en México. Al analizar los comales, un aproximamiento a los procesos de fabricación de las vasijas evidenció que los comales fueron manufacturados de manera local: los alfareros mezclaron arcillas locales con fragmentos de roca para mejorar la resistencia térmica de los recipientes, tal y como hacían con sus ollas. Además, utilizaron la técnica del enrollado, siguiendo los mismos parámetros de formado de las otras vasijas que se hallan en el sitio. El resto de los pasos de creación de los comales también converge con la industria local, por lo que no hay evidencia alguna para proponer que se trata de vasijas importadas. Por lo tanto, es probable que gracias al contacto con otros grupos, los habitantes de Barillas decidieron probar también hacer sus propios comales y cocinar tortillas o panes más planos en ellos. Sin embargo, no podemos hablar de la llegada de grupos ni de un reemplazo de las prácticas alimenticias y de los modos fabricar productos.

De esta manera, una mirada diferente al registro arqueológico, en combinación con una perspectiva multidisciplinar que integra estudios arqueobotánicos y de tecnología cerámica, dan cuenta de un pasado mucho más complejo, que no se reduce solamente a oleadas migratorias y desplazamiento de grupos. Las comunidades prehispánicas de Centroamérica se encontraban en permanente contacto entre sí, con diversas redes de intercambio que tuvieron continuidades y rupturas por milenios.

Gracias Natalia por escribir esta publicación de blog invitada. ¡Eres un gran arqueólogo! Para leer la publicación académica ver el siguiente enlace. https://link.springer.com/article/10.1007/s12520-019-00955-9

Thank you Natalia for authoring this guest blog post. You are one hell of an archaeologist! To read the academic publication see the following link.

https://link.springer.com/article/10.1007/s12520-019-00955-9

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